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jueves, 31 de enero de 2013

Sólo una semana




Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.


¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.



Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: "qué calor hace", "dame agua", "¿sabes manejar?", "se hizo de noche"... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho "ya es tarde", y tú sabías que decía "te quiero".)



Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.



— Jaime Sabines —

martes, 8 de enero de 2013

En el lado izquierdo de la razón, en el lado derecho de la pasión


Supongo que es una forma de tenerte más cerca, de sentirte más cerca, de amarte más de cerca. Es sostenerte en el pensamiento de una manera incorregible, incalculable, inaguantable. Porque quiero, porque debo, porque siento y porque te miento. Porque me miento quizá, no lo sé, o quizá nos miento y reviento. Para ya de asesinarme y torturarme, lacerarme y blasfemarme porque no sobreviviré. Eres lo que quiero y no hay nada más. La perfección resulta absurda, ridícula e imberbe cuando te declamo. Resultas mitificado si intento verbalizarte. Resultas imperfecto si quiero pronunciarte y no te siento y no me siento y no me entiendo y no te entiendo. Tan lejos, tan cerca. Quiero mirarte desde lejos para que me puedas ver más cerca y llenar tu boca con besos sabor a paz, sabor a eternidad, sabor a viento quizá. Y para eso he de correr. Salir para no volver. No volver, porque nunca tenga que marcharme. Marcharme para volver a estar juntos. Juntos, revueltos, infinitos en un baile en el que retozan infames dos cuerpos que se llenan y vacían al compás de un sentimiento. Un sentimiento eterno, profundo, tan profundo como la herida del corazón que ya no duele, tan profundo como mi aliento cuando rozas mi cuerpo con tu inmortalidad, tan profundo como la reminiscencia que permanece tatuada levemente justo  en el lado izquierdo de la razón que perdí el último día que te amé. Justo al lado de la pertinente línea que dejaste marcada, aún sin cicatrizar, en el lado derecho de la pasión.